sábado, 9 de mayo de 2015

BAUTISMO ECOLÓGICO


Publicado en el Semanario Sobretodo, 1991,  en la sección  "Cartas a la tía Elfrida".

Hoy quiero contarte mi primer contacto con la  ecología aplicada. Esto fue en San Francisco, California, cuando una ballena en su peregrinaje anual por las costas del Pacífico se metió por error por debajo del Golden Gate.
Humphrey, que así le pusieron de nombre, atravesó la bahía ante el estupor de los windsurfers y se metió por el Río Sacramento, haz de cuenta el Miguelete pero más ancho y menos edificado. No había manera de convencer a Humphrey de dar marcha atrás, hasta que alguien sugirió que haciendo mucho ruido se saldría.
Allá fuimos centenares de voluntarios, munidos de tambores, bocinas y latas; la Chola armó la canasta de picnic y yo al frente de un grupo de latins que recogí en el barrio de la Misión.
Me presenté ante el gringo que parecía estar a cargo y le dije en decente inglés: “Ordene mi ecologista, aquí le traigo una cuadrilla de Inmigrantes Latinos Caceroleadores de Gorilas”
El tipo nos miró como diciendo éstos se equivocaron de película o de continente, pero como buen americano progresista, tolerante y pragmático, nos mandó a la orilla del río a liderar el bochinche.
Justo en ese momento la ballena que venía resoplando se percató de su error o no pudo tolerar los decibeles, se dio vuelta con cetáceo nonchalance y se fue nadando hacia el mar, entre los vítores de la concurrencia.
Pepe, con la ayuda de un brasilero que traía un tambor enorme, transformó el caceroleo en batucada. La gente se vino a la orilla donde estábamos nosotros a bailar y celebrar el rescate de Humphrey. Alguien arrimó una camioneta con equipo de sonido y agradeció a la multitud por su participación y conciencia ecológica, mientras la Chola repartía pedacitos de torta pascualina.
Una muchacha de pelito corto improvisó un encendido discurso diciendo que la ballena había sido enviada por Gaia, diosa madre de los cielos, las montañas y los mares, para elevar nuestra conciencia ambiental, y que no debíamos retirarnos del río sin antes meditar sobre la unidad entre los seres vivos y todas las cosas.
Otro muchacho se acercó al micrófono empujando su bici de montaña y denunció que en el valle donde vivía, los salmones ya no podían trepar el río por culpa de las represas que hicieron los fraccionadores.
Otro orador se lanzó contra los madereros talamontes que solo ven a los árboles en términos de pies cúbicos de madera y dólares. Tejió un argumento muy lindo de cómo el Hombre Blanco Occidental había escindido la religión y la vida, y que debíamos aprender de las viejas culturas indoamericanas, a resacralizar la naturaleza.
Cuando un exaltado propuso que se le devolvieran todas las tierras de California y Oregón a los indios, los muchachos se empezaron a aburrir. Recogieron las latas de cerveza, los plomitos del chicle y los puchos y se dispersaron con el alma en paz, ya entrada la tarde en crepúsculo rojo, y Humphrey nadando alegremente hacia México.
Recogimos los tambores; la Chola fue a tirar la yerba contra un arbolito, pero se acercó una parejita en jeans a preguntar qué era aquéllo. La Chola, ya canchera y con su proverbial sonrisa, les dijo en español: “Es una planta orgánica biodegradable y  un ritual de los indios charrúas del Uruguay, South America”. “Oh that’s neat”. (Eso es lindo!) dijeron, y se fueron felices de vivir en una sociedad  multicultural.
Guardo un recuerdo muy lindo de ese día de sol, la ballena Humphrey y nuestro bautismo ecológico.


No hay comentarios:

Publicar un comentario