Publicado en el Semanario Sobretodo,
1991, en la sección "Cartas a la tía Elfrida".
Hoy
quiero contarte mi primer contacto con la
ecología aplicada. Esto fue en San Francisco, California, cuando una
ballena en su peregrinaje anual por las costas del Pacífico se metió por error
por debajo del Golden Gate.
Humphrey, que así le pusieron de
nombre, atravesó la bahía ante el estupor de los windsurfers y se metió por el Río Sacramento, haz de cuenta el
Miguelete pero más ancho y menos edificado. No había manera de convencer a
Humphrey de dar marcha atrás, hasta que alguien sugirió que haciendo mucho
ruido se saldría.
Allá fuimos centenares de
voluntarios, munidos de tambores, bocinas y latas; la Chola armó la canasta de
picnic y yo al frente de un grupo de latins
que recogí en el barrio de la Misión.
Me presenté ante el gringo que
parecía estar a cargo y le dije en decente inglés: “Ordene mi ecologista, aquí
le traigo una cuadrilla de Inmigrantes Latinos Caceroleadores de Gorilas”
El tipo nos miró como diciendo éstos
se equivocaron de película o de continente, pero como buen americano
progresista, tolerante y pragmático, nos mandó a la orilla del río a liderar el
bochinche.
Justo en ese momento la ballena
que venía resoplando se percató de su error o no pudo tolerar los decibeles, se
dio vuelta con cetáceo nonchalance y se fue nadando hacia el mar, entre
los vítores de la concurrencia.
Pepe, con la ayuda de
un brasilero que traía un tambor enorme, transformó el caceroleo en batucada.
La gente se vino a la orilla donde estábamos nosotros a bailar y celebrar el
rescate de Humphrey. Alguien arrimó una camioneta con equipo de sonido y
agradeció a la multitud por su participación y conciencia ecológica, mientras la
Chola repartía pedacitos de torta pascualina.
Una muchacha de pelito corto
improvisó un encendido discurso diciendo que la ballena había sido enviada por Gaia,
diosa madre de los cielos, las montañas y los mares, para elevar nuestra
conciencia ambiental, y que no debíamos retirarnos del río sin antes meditar
sobre la unidad entre los seres vivos y todas las cosas.
Otro muchacho se
acercó al micrófono empujando su bici de montaña y denunció que en el valle
donde vivía, los salmones ya no podían trepar el río por culpa de las represas
que hicieron los fraccionadores.
Otro orador se lanzó contra los
madereros talamontes que solo ven a los árboles en términos de pies cúbicos de
madera y dólares. Tejió un argumento muy lindo de cómo el Hombre Blanco
Occidental había escindido la religión y la vida, y que debíamos aprender de
las viejas culturas indoamericanas, a resacralizar la naturaleza.
Cuando un exaltado propuso que se
le devolvieran todas las tierras de California y Oregón a los indios, los
muchachos se empezaron a aburrir. Recogieron las latas de cerveza, los plomitos
del chicle y los puchos y se dispersaron con el alma en paz, ya entrada la
tarde en crepúsculo rojo, y Humphrey nadando alegremente hacia México.
Recogimos los tambores; la Chola fue a tirar la yerba
contra un arbolito, pero se acercó una parejita en jeans a preguntar qué
era aquéllo. La Chola ,
ya canchera y con su proverbial sonrisa, les dijo en español: “Es una planta
orgánica biodegradable y un ritual de los indios charrúas del Uruguay, South
America”. “Oh that’s neat”. (Eso es lindo!) dijeron, y se fueron felices de
vivir en una sociedad multicultural.
Guardo un recuerdo muy lindo de
ese día de sol, la ballena Humphrey y nuestro bautismo ecológico.
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