lunes, 11 de mayo de 2015

VENTANA AL GANGES

 
Publicado en “La ciudad al trasluz”,  El País de los Domingos, 1993
          Estábamos viviendo en un cuartito de un segundo piso sobre las orillas del Ganges en la ciudad de Benares, capital religiosa de la India. El margen izquierdo del río es una vasta llanura que se inunda en épocas de lluvia y el margen derecho que ocupa la ciudad viene a ser del tamaño de Pocitos, sólo que en lugar de apartamentos de Sichero y Pintos Risso, está lleno de templos hindúes, budistas y musulmanes, algunos con techos de oro y minaretes desde donde recitan por altoparlantes pasajes del Corán desde las cinco de la mañana.
Las callejuelas de atrás, lo que vendría a ser Benito Blanco o Chucarro, están atestadas de gente, triciclos, carros de caballos, camellos, vacas sueltas y autos rusos de 1960 que luchan por trasladarse de un lado a otro entre gritos y bocinazos.
Las  callejuelas perpendiculares al río desembocan en escalinatas de granito y mármol que se meten en el agua. En esas escalinatas que se han divulgado muchísimo en todas las documentales, hay gente de todas partes de la India, bañándose, lavando su ropa, rezando, haciendo yoga, cortándose el pelo, o simplemente mirando el “Ganga” como cariñosamente se le llama al río sagrado.
Nuestra escalinata era bastante tranquila, y todos los días bajábamos con Pepe Luis, mi hijastro, a bañarnos y a lavar nuestra ropa, o sea una túnica blanca de algodón que me había confeccionado Sharon, una canadiense fabulosa que hoy es la madre de nuestros nietos. La ropa se enjabona bien, se friega y luego se enjuaga golpeándola con el puño contra los escalones de granito hasta que toda la tierra acumulada del día anterior salta para afuera y queda impecablemente blanca.
La zona de baños propiamente dicha está dividida por un alambrado: mujeres de un lado y hombres del otro. Los hombres nos bañábamos con un taparrabo como de Tarzán; las mujeres se enjabonan sin sacarse el sari que mojado deja transparentar bastante. Yo las vichaba de reojo, pero todo el ambiente era tan religioso y natural, que me sentí medio pecador y al segundo día ni caso que les hice.
 A cuatro cuadras de nuestra casa  estaba la escalera principal donde la gente quema a sus familiares fallecidos. Frente a la hoguera las familias hacen cola para esperar su turno, y según la tradición el fuego está encendido desde hace dos mil años sin apagarse jamás. A veces el olor a carne quemada llegaba a nuestro cuarto para recordarnos la presencia de la muerte, para nosotros tan traumante y para los hindúes un episodio más en la lenta rueda de la reencarnación. Tienen un Dios creador, Brahma, que cada vez que abre los ojos crea un universo y cada vez que los cierra, lo destruye; el Big Bang de Carl Sagan repetido mil veces hacia el pasado y hacia el futuro.
Como no hay mucho que hacer en una capital religiosa, ese sentido del tiempo dilatado se fue apoderando de nosotros y nos pasábamos mirando el río. Muy de cuando en cuando pasaba un cadáver flotando aguas abajo, presumiblemente de un santo, ya que los santos no se incineran porque su cuerpo es puro.
Al mediodía nos pegábamos una zambullida, nadábamos un rato, recogíamos la ropa seca y partíamos lentamente hasta el restorán de Ram, un lugareño suave y bondadoso. Tenía un ayudante que se pasaba fumando hashish, lo cual conspiraba contra su eficiencia y celeridad. Recogía los pedidos y Ram se ponía recién a hervir las papas, el arroz, el brócoli, etc., así que nos daba tiempo para charlar de los dioses y sus avatares como hasta las cuatro.
Total que un día decidimos romper la monotonía, alquilar un bote y cruzar a la orilla de enfrente que se prestaba para jugar a la pelota.
La Chola hizo unos sándwiches de lechuga y tomate y Sharon ensalada de frutas con yogurt y atravesamos el río. Armamos las sombrillas, hicimos dos arcos con las zapatillas y me enfrasqué con Pepe Luís en un partido de fútbol, mientras las mujeres platicaban de asuntos varios.
Iba perdiendo seis goles contra tres, cuando el cadáver de un santo que venía flotando decúbito dorsal por el Ganges, se enganchó en unas ramas, justito enfrente a nuestro picnic. Cada vez que iba a recoger la pelota a la orilla me enfrentaba al muertito que me miraba desde la cuenca vacía de sus ojos. La vida debe continuar, pensé, y le metí un golazo a Pepe Luís en el ángulo inferior izquierdo que compensó mi derrota final, seis a cuatro.
Nos dimos una zambullida, comimos y volvimos a Benares ya muy entrada la tarde, cuando el sol pegaba de frente en las fachadas de los templos milenarios.







sábado, 9 de mayo de 2015

BAUTISMO ECOLÓGICO


Publicado en el Semanario Sobretodo, 1991,  en la sección  "Cartas a la tía Elfrida".

Hoy quiero contarte mi primer contacto con la  ecología aplicada. Esto fue en San Francisco, California, cuando una ballena en su peregrinaje anual por las costas del Pacífico se metió por error por debajo del Golden Gate.
Humphrey, que así le pusieron de nombre, atravesó la bahía ante el estupor de los windsurfers y se metió por el Río Sacramento, haz de cuenta el Miguelete pero más ancho y menos edificado. No había manera de convencer a Humphrey de dar marcha atrás, hasta que alguien sugirió que haciendo mucho ruido se saldría.
Allá fuimos centenares de voluntarios, munidos de tambores, bocinas y latas; la Chola armó la canasta de picnic y yo al frente de un grupo de latins que recogí en el barrio de la Misión.
Me presenté ante el gringo que parecía estar a cargo y le dije en decente inglés: “Ordene mi ecologista, aquí le traigo una cuadrilla de Inmigrantes Latinos Caceroleadores de Gorilas”
El tipo nos miró como diciendo éstos se equivocaron de película o de continente, pero como buen americano progresista, tolerante y pragmático, nos mandó a la orilla del río a liderar el bochinche.
Justo en ese momento la ballena que venía resoplando se percató de su error o no pudo tolerar los decibeles, se dio vuelta con cetáceo nonchalance y se fue nadando hacia el mar, entre los vítores de la concurrencia.
Pepe, con la ayuda de un brasilero que traía un tambor enorme, transformó el caceroleo en batucada. La gente se vino a la orilla donde estábamos nosotros a bailar y celebrar el rescate de Humphrey. Alguien arrimó una camioneta con equipo de sonido y agradeció a la multitud por su participación y conciencia ecológica, mientras la Chola repartía pedacitos de torta pascualina.
Una muchacha de pelito corto improvisó un encendido discurso diciendo que la ballena había sido enviada por Gaia, diosa madre de los cielos, las montañas y los mares, para elevar nuestra conciencia ambiental, y que no debíamos retirarnos del río sin antes meditar sobre la unidad entre los seres vivos y todas las cosas.
Otro muchacho se acercó al micrófono empujando su bici de montaña y denunció que en el valle donde vivía, los salmones ya no podían trepar el río por culpa de las represas que hicieron los fraccionadores.
Otro orador se lanzó contra los madereros talamontes que solo ven a los árboles en términos de pies cúbicos de madera y dólares. Tejió un argumento muy lindo de cómo el Hombre Blanco Occidental había escindido la religión y la vida, y que debíamos aprender de las viejas culturas indoamericanas, a resacralizar la naturaleza.
Cuando un exaltado propuso que se le devolvieran todas las tierras de California y Oregón a los indios, los muchachos se empezaron a aburrir. Recogieron las latas de cerveza, los plomitos del chicle y los puchos y se dispersaron con el alma en paz, ya entrada la tarde en crepúsculo rojo, y Humphrey nadando alegremente hacia México.
Recogimos los tambores; la Chola fue a tirar la yerba contra un arbolito, pero se acercó una parejita en jeans a preguntar qué era aquéllo. La Chola, ya canchera y con su proverbial sonrisa, les dijo en español: “Es una planta orgánica biodegradable y  un ritual de los indios charrúas del Uruguay, South America”. “Oh that’s neat”. (Eso es lindo!) dijeron, y se fueron felices de vivir en una sociedad  multicultural.
Guardo un recuerdo muy lindo de ese día de sol, la ballena Humphrey y nuestro bautismo ecológico.


EL SOCIALISTA DE LOS NOVENTA

Publicado en el Semanario Brecha en  mayo de 1990, 25 años después sigue estando vigente. Lo que no preví fue que USA entrara en guerra contra la yihad islámica y se resintiera su sistema democrático.
                                                                     
En un reciente artículo de BRECHA, Eduardo-Galeano propone, quizás demasiado tarde, redefinir el socialismo, luego de sentirse como un niño desamparado ante la derrota de Ortega en Nicaragua.
La imagen es bella y conmovedora, y me recuerda una tarde de 1968, cuando estábamos reunidos en el Paraninfo discutiendo acaloradamente la invasión a Checoslovaquia, y Galeano criticó valientemente la invasión de los tanques rusos, ante una concurrencia hostil donde se acusaba a Dubcek y su Primavera de Praga de ser una conspiración de la CIA. Esa tarde Galeano, apelando a un último argumento, dijo algo así: “Vamos a ver qué dice mañana Fidel Castro”. La posición de Fidel al día siguiente, apoyando la invasión rusa, nos cayó como un balde de agua fría, y ahora pienso que debió ser aquel día en que debimos sentir que algo andaba terriblemente mal en el socialismo.
La crisis total que hoy sacude al socialismo no solamente atañe a los marxistas leninistas afiliados al Partido Comunista, sino a toda la izquierda. Si en la época de Frugoni el socialismo era algo distinto al comunismo y al capitalismo, la verdad es que en los años sesenta el perfil de una tercera vía se diluyó en una marea revolucionaria, y todas las fuerzas de izquierda, que más tarde confluiríamos  en el Frente Amplio, habíamos adoptado como propios algunos elementos básicos del marxismo y del leninismo aunque no estuviéramos afiliados al Partido Comunista: la lucha de clases como motor de la historia, el culto mítico al proletariado, el énfasis del Estado en la economía, la crítica sistemática al capitalismo y la empresa privada; el desdén por la socialdemocracia y las vías parlamentarias de acceso al poder.  En fin, que con cierta razón el inefable Benito Nardone nos estampó el membrete de “cripto comunistas”, ya que, a la hora de concretar, nunca supimos proponer un modelo de socialismo democrático bien distinto del capitalismo norteamericano o del comunismo soviético, y mucho menos una síntesis con lo mejor de ambos sistemas.
Fueron tan enormes los errores cometidos durante 70 años por el socialismo, en nombre de la igualdad y la justicia social, que hoy en día la gente identifica la libertad y la democracia con el capitalismo, y al totalitarismo y la esclavitud con el socialismo, cuando debió ser al revés.
Por ello, el socialista de los 90 dedicará los primeros cinco años de la década a hacer terapia profunda, reestudiar la historia, aceptar con humildad el gran engaño del que fue objeto y que también ayudó a perpetrar.
El socialista de los 90 reflexionará sobre las causas de su embotamiento en toda la década del 80 cuando la URSS invadió Afganistán y se le permitió al “tonto” de Ronald Reagan ocupar el centro del ring en la batalla ideológica.
El socialista de los 90 confesará su pasada arrogancia por haberse sentido superior, al propugnar un sistema basado en la solidaridad y el bien colectivo y despreciar todas las conquistas del capitalismo.
 El socialista de los 90 aceptará que el sistema capitalista le ganó la batalla al socialismo en el terreno político. El modelo propuesto por las revoluciones francesa y norteamericana, de elecciones libres, voto secreto, independencia y equilibrio de los tres poderes, libertad irrestricta de expresión, prensa, huelga, asociación, reunión y movimiento, resultó ampliamente superior al partido único, el verticalismo autoritario, y la suspensión de libertades individuales en aras del ideal colectivo.

El socialista de los 90 aceptará que el sistema capitalista ganó la batalla al sistema socialista en el terreno económico. A pesar del despilfarro y del consumo suntuario, la propiedad privada de los medios de producción puso al alcance de la población miles de bienes y servicios, más o menos útiles, que la gente consume y utiliza encantada. El socialismo, en comparación, produjo escasez, ineficiencia, mala calidad, tiendas vacías, colas interminables, tarjetas de racionamiento, burocratismo y la pereza legendaria del empleado público.
El socialista de los 90 aceptará que el sistema capitalista derrotó al socialismo en el terreno cultural. La pintura, la escultura, el teatro, la poesía, la música y la danza y la arquitectura, generadas bajo las libertades democráticas de Occidente, aun produciendo obras llenas de angustia, hipocresía o mercantilismo, reflejaron mejor la condición humana que las obras oficiales, acartonadas, falsamente optimistas que promovió el socialismo.
En la era de la información instantánea y global, simbolizada por la televisión, el satélite de comunicaciones, el fax, la telefonía celular y  las redes de computadoras, la libre circulación de las ideas le permitió al capitalismo ganar la batalla de la información. El socialismo siempre le tuvo miedo a la información. Prohibió los viajes al exterior, prohibió el ingreso de textos, obras de arte, señales de radio y televisión, prohibió la posesión privada de mimeógrafos, copiadoras, de fax. Prohibió la libre circulación de las ideas, la crítica de afuera y la de adentro.
El socialismo podría haber sobrevivido, aun a costa de ciertas libertades públicas, si hubiera ganado la batalla económica, si la producción socialista de bienes y servicios hubiera sido lo suficientemente grande como para realizar la justicia distributiva.
Pero el socialismo perdió la batalla económica porque despreció la propiedad privada de los medios de producción, combatió la creatividad e iniciativa individual, el derecho de cada quien de poner su propio negocio donde se le antojara, y combatió las leyes del mercado de oferta y demanda.
El socialista de los 90 deberá aceptar que en la carrera de la producción, el capitalismo, representado por el empresario privado, derrotó por amplio margen al socialismo, encarnado en el funcionario público.
Lo más difícil de aceptar para el socialista de los 90, y aquí es donde se juega o sintetiza todo el drama del futuro, es la figura del empresario privado. El empresario clásico es una figura bastante difícil de tragar, justo es reconocerlo. En su afán de lucro y para poder competir con sus iguales (si es que no consiguió monopolio) pretende pagar lo menos posible a su mano de obra. Para invertir su capital exige estabilidad política, mano de obra barata y represión sindical. A la menor provocación amenaza con llevarse sus capitales. Llora por los impuestos y los evade, intenta corromper el poder político para su causa y encima se cree un benefactor porque crea fuentes de trabajo.
El socialista del 90 aceptará al empresario como un hecho irreversible, como un dato de la ecuación, y admitirá que el empresario se haga cargo del 70 o el 80 por ciento de la economía, y propugnará por crear las condiciones para su desarrollo. Sólo que esta vez, el clásico empresario barrigón de cadena de oro, y siempre dispuesto a llamar a la policía, será lentamente sustituido por el moderno entrepreneur (ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot...), que será un tipo joven, culto, informado, deportivo, partidario de la pirámide achatada, dispuesto al diálogo y la negociación y con cierto grado de conciencia social y ecológica.
Juntos, el entrepreneur y el socialista desplazarán al viejo oligarca tiránico, represivo, racista y vendido al extranjero.
 El socialista de los 90 fomentará en las universidades públicas y privadas la formación de entrepreneurs con la mayor conciencia social posible, y diseñará las carreras y proyectos de investigación en coordinación con las empresas y los gobiernos.
Cuidará y profundizará las instituciones democráticas, fortalecerá las libertades públicas, el equilibrio de poderes ejecutivo, legislativo y judicial, el voto secreto, para que no se encaramen en el poder las viejas oligarquías y las tiranías.
Defenderá la libertad sindical para defensa exclusiva de los intereses y derechos de los trabajadores y no usará los sindicatos como plataforma de lucha para destruir el sistema, porque los trabajadores serán los primeros interesados en cuidar las fuentes de trabajo, en unirse y en tener cada vez más poder de negociación frente al entrepreneur, quien no será el enemigo de clase sino un socio con bastante poder en una aventura común.
El socialista de los 90 atribuirá al Estado un papel principal en la definición de las metas económicas y sociales del país, en la educación y la salud, en el dominio sobre algunos bienes estratégicos y en algunos servicios públicos esenciales, y creará las condiciones para que las iniciativas individuales privadas se ocupen de todo los demás, regulando y corrigiendo los desequilibrios provocados por la economía capitalista que surgieran.
El socialista de los 90 reconocerá la imperiosa necesidad de incorporarse a grandes mercados de producción y consumo, buscará la creación de grandes mercados regionales, derribando fronteras aduaneras entre socios con geografías, culturas y regímenes democráticos similares, tales como el Cono Sur, el Pacto Andino, Centroamérica, etcétera...
El socialista de los 90 combatirá el imperialismo norteamericano, más peligroso ahora que antes, pero no depositará en un delincuente como Noriega la defensa de la soberanía continental, ni defenderá regímenes dictatoriales por el solo hecho de ser enemigos de Estados Unidos, ni atribuirá todos nuestros males a los oscuros manejos de la CIA de la gran democracia del Norte.
Finalmente, por si todo lo anterior fuera poco, el socialista de los 90 tendrá una clara posición sobre el feminismo, el aborto, el racismo y las minorías, los derechos de los homosexuales, la ecología y la religión.